Cómo vuelan los días y cómo pueden arrastrarte las palabras con su ritmo y su embrujo donde nunca esperabas. Quién iba a imaginar que acabarían trayéndome hasta aquí. ¡Si yo iba por ciencias, y puras además! ¡Si me encantaban las matemáticas, la física y siempre se me dieron bien las máquinas! Pero allá por primero de BUP se cruzó la literatura en mi camino (que no los libros, esos llevaban conmigo desde antes de empezar el colegio) y poco a poco fue ganando espacio en mi vida hasta lograr ser la protagonista: mi puzzle, mi trabajo, hasta mis cuentos, son las múltiples caras de una misma realidad que no puedo eludir. Palabras y palabras que construyen minutos, horas, días, que se llevan el tiempo y lo traen transformado en cosas que he pensado, en cosas que he contado, en cosas que me callo o que guardo para más adelante. Después, antes, durante está también todo lo que he vivido y lo que estoy viviendo. Pero incluso ahí se cuelan las palabras para rememorar, comprender o ahondar el sentimiento. Entonces los silencios se llenan de sentido, se cargan de emociones que huyen de las palabras para encender la piel y el corazón, que gritan con un lenguaje no escrito y susurran caricias que no quieren ser dichas, ni oídas, ni pensadas...
Cómo vuelan los días si me dejo hechizar por las palabras. Pero es dulce su embrujo, irresistible incluso, al menos para mí: me he dejado arrastrar por sus cantos de sirena desde niña, les he dejado hacerme llegar tarde a la escuela, robarme horas de sueño, desdibujar el mundo, definirme, esconderme, llenar sueño y vigilia, día y noche, guiarme, herirme, curarme las heridas, reverberarme dentro hasta hacerme escribir para sacarlas fuera. Y ahora estoy perdida, lo sé, no hay vuelta atrás: me queman las palabras que no escribo, las historias que no he tenido tiempo de terminar y las que no he empezado todavía. Creo que ya no sé vivir sin escribir, sin este extraño hábito (o vicio o adicción, no lo sé ya) de buscar, perseguir, domesticar palabras. Jugamos cada día al gato y al ratón, aunque nunca sé bien quién es quién, ni si gano o pierdo la partida. Pero sigo jugando cada día, y cada día juego un poco más y me llevan más lejos sus cantos de sirena.
No os dejéis engañar por mi silencio: otras palabras laten más allá de este espacio, otras que hace tiempo que formulan preguntas y me ayudan a perseguir respuestas. Pero de esas no hablo, por no aburrir supongo, y si me arrastran lejos no vengo por aquí para contarlo: me pierdo entre las piezas de mi puzzle, se me van los minutos y las horas desvelando el enigma, la música del verso, buscando las huellas que nos deja el poeta, queriendo y sin querer, en lo que escribe, el hilo de Ariadna que hay en todo poema y que puede guiarte a través de él sin robarte por ello la emoción ni obligarte a matar al minotauro. Me pierdo, así, y me encuentro en las palabras de otros, que leo, que analizo, que siento, que logro comprender más y más cada día. Luego cazo, busco y persigo esas otras palabras (cómplices unos días, otros muchos esquivas adversarias) que me dejen contar lo que voy descubriendo. Y cuando cae la tarde y se termina el día, Ícaro sueña aún con desplegar sus alas y mi luna me espera para que vaya a contarle las historias que están por escribir: cantos de sirena que no entienden de horarios ni de cansancio, ni...
Ay, las palabras. Y pensar que yo iba por ciencias... quién me lo iba a decir.
2 comentarios:
Sí, es un poco así,o un mucho. Lo has descrito a la perfección. Siempre llenos de palabras, algunas que escribimos, otras que silenciamos, otras que nos tranforman, que nos construyen, que leímos, que nos permiten analizar otras realidades...yo también estudié Ciencias...
Un beso grande
La vida es que te puede llevar por unos caminos....que bueno, nada que ver con lo que esparabas o te figurabas...y ya ves...me alegro de que te haya llevado por el camino de las palabras, un placer leerte, me he leido tu blog de arriba a abajo...precioso.
Un beso
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