--Mmmm, esa nube, tío, ésa parece un dragón. Sí, sí, un dragón grandote, pero muy muy grande, eh, con cara de... jo, tío, no le veo bien la cara... pero parece un dragón. ¿Tú no crees que parece un dragón?... Venga, Robert, corre, que se va la nube. ¡Robert, Robert, sal, tío, que no hay nadie! No seas cabezón, no te van a ver, tío, que no está ni la rata con alas. Veeeeeeenga, sal, que quiero que veas mi dragón. ¡Robert, Robert, Rooooooooobert!
Es mediodía, el sol calienta el muro y un viento suave arrastra las nubes por el cielo azul dibujando formas que sólo Bobma ve. De pie sobre sus dos patas traseras mira hacia arriba estirándose todo lo que puede. Mientras llama al caracol da saltitos sin dejar de mirar su nube, y estira las patas delanteras como si quisiera cogerla. De tanto moverse y gritar acaba perdiendo el equilibrio y se cae de espaldas sobre la hierba, pero en lugar de levantarse se queda allí tumbado, con la mirada perdida más allá de las nubes y del cielo.
--Bobma, levántate. Venga Bobma, que te lo tengo dicho, que no te puedes tumbar así, que como venga un gato vamos a tener un disgusto. Si es que no me escuchas, Bobma, tío, no me haces caso, con decir "zona neutral, zona neutral" te crees a salvo y no, tío, no, que los gatos no son de fiar. ¿Tú te crees que esos bichos peludos con uñas obedecen a alguien? ¡Y menos a los perros! Si hasta les he visto reírse por lo bajo de los Guardianes cuando creen que nadie les oye, ahí en lo alto del muro... Y no, no me sé sus nombres Bobma, y no me los voy a aprender, tío, que uno ya tiene sus años y aquí viene mucha gente y claro, luego quieren que me acuerde de todos y no puede ser. Y no me quejo, ¿eh?, sólo faltaba. ¡Quejarme yo, con lo que me gusta tener público! Pero de ahí a saberse sus nombres... Y no me vuelvas a decir eso de... Bobma, ¡Bobma! ¡¡¡BOBMA!!! Si es que no me escuchas, tío.
--Se fue, Robert, se fue...
Los ojitos de la musaraña parecen tan tristes como su voz y Robert le mira preocupado.
--¿Quién, Bobma?
--Mi dragón, tío, ya no está mi dragón.
Robert se asoma desde su agujero y observa a su amigo tumbado en la hierba. Se mueve despacio, los años pesan mucho, y su casa se tiñe de un gris oscuro, como cuando recuerda a su mujer, a sus vecinos o aquel puente que una vez soñó cruzar y que ahora se confirmaría con volver a ver. La pequeña musaraña de mirada perdida es lo único que logra enternecerle, después de tantos viajes y tantas despedidas, y Robert no soporta verle triste. Mueve sus ojos viejos, mira despacio y pensativo al cielo, y sale lentamente al sol del mediodía suspirando resignado.
--Así son los dragones, Bobma, se van sin despedirse y vienen sin avisar. A mí no me gustan demasiado, qué quieres que te diga. Tan grandes, tan serios, tan... opacos. Con esas alas enooormes, y esas escamas duras y rasposas que encima se mueven, palpitan, se pliegan. ¡No hay quien se agarre, tío! Créeme, la peor experiencia de mi vida, Bobma, volar sobre un dragón. Y yo que pensaba que montar a caballo era malo; ¡y el barco! que si la humedad, que si el movimiento, que si te confunden con una lapa. ¡¡¡Una lapa, yo!!! Mpf, marineros... Pero lo del dragón, muchísimo peor, tío, no se lo recomiendo a nadie.
Habla con un tono ligero y divertido, mirando con un ojo hacia el cielo y otro hacia Bobma cuando cree que no le ve, pero la musaraña sigue inmóvil en el suelo, así que el viejo caracol avanza un poco más y empieza a descender lentamente por el muro. El sol hace brillar su casa como si fuera mármol pulido por el tiempo.
--¿Cómo era, Robert, cómo era?
--El qué, Bobma.
--El dragón, tío, que no te enteras. El dragón...
--Ah, claro, el dragón. Era... na, no me apetece contártelo.
Habla con un tono ligero y divertido, mirando con un ojo hacia el cielo y otro hacia Bobma cuando cree que no le ve, pero la musaraña sigue inmóvil en el suelo, así que el viejo caracol avanza un poco más y empieza a descender lentamente por el muro. El sol hace brillar su casa como si fuera mármol pulido por el tiempo.
--¿Cómo era, Robert, cómo era?
--El qué, Bobma.
--El dragón, tío, que no te enteras. El dragón...
--Ah, claro, el dragón. Era... na, no me apetece contártelo.
Robert empieza a dar la vuelta despacito, aparentando indiferencia e intentando que su casa mantenga un tono gris claro casi neutro, pero un destello azul empieza a latir en el centro de la espiral.
--¿Por qué?
--¿Por qué?
Bobma de la sorpresa se ha levantado del suelo y mira al caracol con los ojitos aún tristes y muy sorprendidos. Robert nunca, nunca, nunca jamás se ha negado a contarle una historia, él SIEMPRE quiere contar sus historias, repetirlas una y otra vez. Y por más que le mira sólo logra ver su casa gris pálida, sin azul mar, o azul noche, o azul celeste. Mientras espera una respuesta le ve subir poco a poco de vuelta hacia su agujero.
--¿No me lo vas a contar? ¿De verdad que no? Robert, Robert, tío, qué te pasa.
--¿No me lo vas a contar? ¿De verdad que no? Robert, Robert, tío, qué te pasa.
Pero el caracol sigue su camino como si no le oyera y Bobma mira el cielo como si alguna nube tuviera la respuesta.
--¿Es por la rata con alas, eh, tío, es por eso? ¿Ahora la prefieres a ella, eh? Claro, claro, como puede volar y no se sabe tus historias y... y... y habla bonito como dices que hablaba Nita, y te cuenta cuentos y puede volar como tu dragón la prefieres a ella. Si es que...
--No era mi dragón, Bobma, te lo he dicho mil veces, no era mío. ¿Dónde se ha visto que un caracol tenga un dragón, eh? Siempre te confundes, tío, era de Nita. Los elfos, esos sí que pueden tener dragones. Si el dragón se deja, claro, porque nadie puede tener un dragón si él no quiere que lo tengan, ¿sabes? Son muy suyos estos dragones.
--¿Sí, lo son, Robert, lo son? ¿El de Nita también, eh, eh? Cómo era el de Nita, Robert, cómo era...
--No era mi dragón, Bobma, te lo he dicho mil veces, no era mío. ¿Dónde se ha visto que un caracol tenga un dragón, eh? Siempre te confundes, tío, era de Nita. Los elfos, esos sí que pueden tener dragones. Si el dragón se deja, claro, porque nadie puede tener un dragón si él no quiere que lo tengan, ¿sabes? Son muy suyos estos dragones.
--¿Sí, lo son, Robert, lo son? ¿El de Nita también, eh, eh? Cómo era el de Nita, Robert, cómo era...
Bobma corretea nervioso delante del muro, asustado todavía por la reacción del caracol.
--¡Que no te lo voy a contar, Bobma! No voy a contarte historias nunca más.
--¡Que no te lo voy a contar, Bobma! No voy a contarte historias nunca más.
La pequeña musaraña se lleva tal susto que casi se le salen los ojos y se pone de pie sobre las patas traseras mirando perplejo a su amigo.
--¿¿Por qué??
--¡Porque no me escuchas, tío, por eso!
--Sí que te escucho, Robert, lo hago...
--¿¿Por qué??
--¡Porque no me escuchas, tío, por eso!
--Sí que te escucho, Robert, lo hago...
Bobma le mira con los ojitos muy abiertos y brillantes, como si fuera a llorar, y su voz suena herida. Su naricilla tiembla y se la frota rápido con las patas delanteras.
--No, no me escuchas, tío. Y no me mires con ojos tristes, Bobma, no cuela. ¿Cuántas veces te he dicho que tengas cuidado con los gatos, eh, cuántas? Que no son de fiar, que son muy rápidos, que... ¿y tú? Te quedas ahí tirado en el suelo como si nada y ni caso. Tienes que tener cuidado, Bobma, ¿cómo te lo tengo que decir? ¿Y si vienen, eh, si te atacan, si te llevan, si...?
Robert ve como su amigo le mira con los ojos muy grandes y la nariz temblorosa, y siente que el azul tormenta de su casa se va aclarando. Un poco avergonzado por el rapapolvo baja los cuernos y hace como que mira fijamente el muro, pero tiene el color del mar y la espuma rompiendo en la arena.
--No quiero más despedidas, tío, son muchas ya...
Bobma ladea un poco la cabeza, como si no entendiera.
--¿Vas a irte, Robert, tío? ¿Te vas a ir?
--No Bobma, no es eso, es...
--No, no me escuchas, tío. Y no me mires con ojos tristes, Bobma, no cuela. ¿Cuántas veces te he dicho que tengas cuidado con los gatos, eh, cuántas? Que no son de fiar, que son muy rápidos, que... ¿y tú? Te quedas ahí tirado en el suelo como si nada y ni caso. Tienes que tener cuidado, Bobma, ¿cómo te lo tengo que decir? ¿Y si vienen, eh, si te atacan, si te llevan, si...?
Robert ve como su amigo le mira con los ojos muy grandes y la nariz temblorosa, y siente que el azul tormenta de su casa se va aclarando. Un poco avergonzado por el rapapolvo baja los cuernos y hace como que mira fijamente el muro, pero tiene el color del mar y la espuma rompiendo en la arena.
--No quiero más despedidas, tío, son muchas ya...
Bobma ladea un poco la cabeza, como si no entendiera.
--¿Vas a irte, Robert, tío? ¿Te vas a ir?
--No Bobma, no es eso, es...
Cuando mira a la musaraña Robert cree ver un destello fugaz en sus ojos. Este Bobma, nunca sabe del todo si se hace el tonto o si realmente vive en su nube y no se entera de nada. ¿O son los demás los que no se enteran, como dice él? Robert recuerda la expresión de furia contenida de "la rata con alas" cuando Bobma hace de las suyas y su casa se ilumina con ráfagas de azul celeste y blanco.
--¡Ésa, Robert, ésa! ¡Ésa sí que es un dragón! ¿Eh, eh? ¿No tiene cara de dragón esa nube, Robert? Jooo, yo quiero un dragón, tío, uno para mí solo, para que se coma todos los gatos del mundo y no te enfades más conmigo, ¿eh, Robert, eh? No mola que te enfades, tío, no mola nada. Y... y... y nos llevará a los dos a ver a Nita, ¿eh Robert? Mi dragón nos llevará, iremos volaaaaaaando por el cielo atravesando las nubes, pero yo conduzco, tío, que tú no tienes manos y no puedes... ¿No puedes, verdad Robert? Mmmm, oye, tío, ¿quién conducía el dragón? ¿Piden carné para eso, Robert, lo piden? Porque yo no tengo carné para conducir dragones...
Bobma salta, mira al cielo y corretea mientras habla, pero al terminar se queda cabizbajo y pensativo, abatido ante un problema que debe parecerle irresoluble. De pronto se le iluminan los ojos:
--¡Ey, ey, Robert, iré a una escuela! Siempre he querido ir a una escuela, tengo un primo lejano que dice que los libros molan, que saben muy bien. ¿Hay escuelas para conducir dragones, eh, eh, las hay?
--No, Bobma, no las hay.
--¡Ésa, Robert, ésa! ¡Ésa sí que es un dragón! ¿Eh, eh? ¿No tiene cara de dragón esa nube, Robert? Jooo, yo quiero un dragón, tío, uno para mí solo, para que se coma todos los gatos del mundo y no te enfades más conmigo, ¿eh, Robert, eh? No mola que te enfades, tío, no mola nada. Y... y... y nos llevará a los dos a ver a Nita, ¿eh Robert? Mi dragón nos llevará, iremos volaaaaaaando por el cielo atravesando las nubes, pero yo conduzco, tío, que tú no tienes manos y no puedes... ¿No puedes, verdad Robert? Mmmm, oye, tío, ¿quién conducía el dragón? ¿Piden carné para eso, Robert, lo piden? Porque yo no tengo carné para conducir dragones...
Bobma salta, mira al cielo y corretea mientras habla, pero al terminar se queda cabizbajo y pensativo, abatido ante un problema que debe parecerle irresoluble. De pronto se le iluminan los ojos:
--¡Ey, ey, Robert, iré a una escuela! Siempre he querido ir a una escuela, tengo un primo lejano que dice que los libros molan, que saben muy bien. ¿Hay escuelas para conducir dragones, eh, eh, las hay?
--No, Bobma, no las hay.
Robert piensa en recordarle que tampoco hay dragones ya, pero desiste.
--Mmmmm, mmmmmm, mmmmmm.
--Mmmmm, mmmmmm, mmmmmm.
Bobma da vueltas por la hierba buscando una solución. De repente se pone de pie y grita feliz.
--¡Tú puedes enseñarme, Robert, tú puedes! ¿Me enseñarás, eh tío, me ensañarás, eh, eh? Anda, enséñame, enséñame, enséñame, ¡yo quiero montar en un dragón!
Y con los nervios y los saltos vuelve a perder el equilibrio y se cae de espaldas.
--¡¡BOBMA!! ¿Qué te he dicho?
--¡¡BOBMA!! ¿Qué te he dicho?
Esta vez la musaraña reacciona rápido, se levanta y mira suspicaz a su alrededor.
--No hay nadie, tío, nadie. Yo vigilo, yo vigilo.
--No hay nadie, tío, nadie. Yo vigilo, yo vigilo.
Y empieza a corretear nervioso olfateando el aire por si le llega el olor de un gato... o de alguna cosa más interesante.
--¡Bobma!
--¡Bobma!
Robert suspira resignado, mueve los cuernos a modo de reproche e inicia lentamente el camino de regreso a su escondite. La musaraña mira un momento más hacia un punto indefinido (y tentador) más allá del muro, pero al final se frota la nariz con las patas delanteras y vuelve a mirar a su amigo. Ladea la cabeza mientras le ve marcharse y se le pone la voz triste.
--Entonces, tío, ¿no me lo vas a contar?
--¿El qué, Bobma?
--Cómo era, Robert, cómo era el dragón de Nita. Que no te enteras, tío...
El viejo caracol se ríe por lo bajo con azul mar y espuma, levanta la cabeza y el cuerpo estirándose mucho bajo el sol del mediodía, y al recordar le envuelve el azul noche de aquel océano lejano donde la elfa le llevó una vez a lomos del dragón.
--Era grande, tío, enooooorme, ¡como una montaña! ¿Y las alas? Puf, extendidas eran... eran... ¡gigantes! Y las escamas, Bobma, ¡raspaban! Y palpitaban, tío, ¿te imaginas? Eran duras, muy duras, pero... no sé... las notaba... no sé, tío, creo que se doblaban, como esos árboles que se doblan cuando hace mucho viento pero sin romperse, ¿sabes lo que te digo? Pero eran mucho más duras que los árboles, eso seguro, que yo he subido por más de un árbol en mi vida (y más de dos, créeme) y no raspan así tío. ¡Y estaban calientes! Pero no demasiado, ¿eh? Lo justo... Era muy raro, Bobma, mucho; las escamas, digo, ¿sabes? Duras y vivas a la vez... Pero raspaban mucho, tío, si no llega a subirme Nita yo no monto, ¡ni loco! Y si llego a saber lo del viento, je, entonces si que... ¿no te he contado lo del viento? Helado, tío, ¡helado! Y no veas cómo corría el bicho, ¡ni que le fuera la vida en ello! Que sí, que sí, que ya sé que Shardon estaba en apuros, pero ¿cuándo no es fiesta? Y total, minuto más, minuto menos, tampoco iba a importarle mucho, ¿no?
--¿Y las nubes, Robert, cómo eran las nubes? ¿Las tocaste, eh, eh, las sentiste? Cómo eran Robert, tío, dime cómo eran...
--No sé, Bobma, no sé, si yo no miraba.
--Entonces, tío, ¿no me lo vas a contar?
--¿El qué, Bobma?
--Cómo era, Robert, cómo era el dragón de Nita. Que no te enteras, tío...
El viejo caracol se ríe por lo bajo con azul mar y espuma, levanta la cabeza y el cuerpo estirándose mucho bajo el sol del mediodía, y al recordar le envuelve el azul noche de aquel océano lejano donde la elfa le llevó una vez a lomos del dragón.
--Era grande, tío, enooooorme, ¡como una montaña! ¿Y las alas? Puf, extendidas eran... eran... ¡gigantes! Y las escamas, Bobma, ¡raspaban! Y palpitaban, tío, ¿te imaginas? Eran duras, muy duras, pero... no sé... las notaba... no sé, tío, creo que se doblaban, como esos árboles que se doblan cuando hace mucho viento pero sin romperse, ¿sabes lo que te digo? Pero eran mucho más duras que los árboles, eso seguro, que yo he subido por más de un árbol en mi vida (y más de dos, créeme) y no raspan así tío. ¡Y estaban calientes! Pero no demasiado, ¿eh? Lo justo... Era muy raro, Bobma, mucho; las escamas, digo, ¿sabes? Duras y vivas a la vez... Pero raspaban mucho, tío, si no llega a subirme Nita yo no monto, ¡ni loco! Y si llego a saber lo del viento, je, entonces si que... ¿no te he contado lo del viento? Helado, tío, ¡helado! Y no veas cómo corría el bicho, ¡ni que le fuera la vida en ello! Que sí, que sí, que ya sé que Shardon estaba en apuros, pero ¿cuándo no es fiesta? Y total, minuto más, minuto menos, tampoco iba a importarle mucho, ¿no?
--¿Y las nubes, Robert, cómo eran las nubes? ¿Las tocaste, eh, eh, las sentiste? Cómo eran Robert, tío, dime cómo eran...
--No sé, Bobma, no sé, si yo no miraba.
La musaraña clava sus ojos perplejos en su amigo y parece sentirse traicionado.
--No me mires así, tío, ¿qué quieres? Si nada más despegar cogió velocidad y el viento me movía los cuernos en todas direcciones. ¡Como para mirar! Ni gritar podía, tío, ¡y casi me despego! Tuve que meterme en mi casita y agarrarme fuerte para no caerme. ¡Y no veas cómo raspan las escamas de dragón! Nunca más, tío, nunca más...
--Jooooooo, yo quiero volar, Robert, ¡y tocar las nubes!
--Jooooooo, yo quiero volar, Robert, ¡y tocar las nubes!
Bobma se queda pensativo antes de volver a hablar.
--Mmmmmm, mmmmmmmm, mmmmmmmmmmmm, ¿y la rata con alas, tío?
Robert le mira con desconfianza, pero pregunta a pesar de todo.
--¿Qué pasa con la rata con alas?
--Si tú se lo pides seguro que...
--No, Bobma, ya lo hemos hablado, no vamos a hacerlo.
--Pero... pero... pero... si se lo pides tú...
--Bobma, tío, que no, que se va a mosquear y te va a dar de picotazos, déjalo.
--¡Que no, tío, que le caigo bien! Se lo noto, tío, se lo noto, pero es un poco estirado y se hace el duro. ¡Pídeselo, Robert, pídeselo! Anda, venga, tío, ¡sólo un viaje, venga, venga, veeeeeeega, sólo uno tío! ¡Y yo conduzco, eh, yo conduzco! ¡¡¡Siiiii!!!
--¿Qué pasa con la rata con alas?
--Si tú se lo pides seguro que...
--No, Bobma, ya lo hemos hablado, no vamos a hacerlo.
--Pero... pero... pero... si se lo pides tú...
--Bobma, tío, que no, que se va a mosquear y te va a dar de picotazos, déjalo.
--¡Que no, tío, que le caigo bien! Se lo noto, tío, se lo noto, pero es un poco estirado y se hace el duro. ¡Pídeselo, Robert, pídeselo! Anda, venga, tío, ¡sólo un viaje, venga, venga, veeeeeeega, sólo uno tío! ¡Y yo conduzco, eh, yo conduzco! ¡¡¡Siiiii!!!
Bobma corre feliz y excitado por la hierba y Robert ríe con un azul brillante.
--¡Le ponemos un... un... ¿cómo se llama eso que le ponen a los caballos, eh, cómo? Uno de esos, tío, le ponemos uno de esos, y... y... un casco ¡como el de los halcones! ¡Y una minisilla, tío, pa'ti y pa'mí, y nos vamos volando muuuuuuuuuy alto, y tocamos las nubes!
La musaraña entre los gritos y la excitación da un salto como si quisiera llegar hasta el cielo y cae de espaldas, otra vez. Se queda así un segundo, respirando agitado, y después se levanta antes de que Robert le diga nada.
--Yo quiero tocar las nubes, tío...
Se le ha vuelto a perder la mirada muy lejos en el cielo y la voz se le ha puesto algo triste. Robert siente esa ternura de gotas de lluvia sobre el hogar perdido llenándole la casa y sus ojos diminutos que han visto tanto se sienten impotentes.
--Mpf, las nubes, vaya cosa, de lejos parecen muy bonitas, sí, pero de cerca no son nada del otro mundo... Y están frías.
Pero la musaraña sigue mirando al cielo con los ojos brillantes y perdidos, extendiendo las patas delanteras y estirándose mucho, como si quisiera coger las nubes con las manos.
--Bobma...
La musaraña entre los gritos y la excitación da un salto como si quisiera llegar hasta el cielo y cae de espaldas, otra vez. Se queda así un segundo, respirando agitado, y después se levanta antes de que Robert le diga nada.
--Yo quiero tocar las nubes, tío...
Se le ha vuelto a perder la mirada muy lejos en el cielo y la voz se le ha puesto algo triste. Robert siente esa ternura de gotas de lluvia sobre el hogar perdido llenándole la casa y sus ojos diminutos que han visto tanto se sienten impotentes.
--Mpf, las nubes, vaya cosa, de lejos parecen muy bonitas, sí, pero de cerca no son nada del otro mundo... Y están frías.
Pero la musaraña sigue mirando al cielo con los ojos brillantes y perdidos, extendiendo las patas delanteras y estirándose mucho, como si quisiera coger las nubes con las manos.
--Bobma...
Dice su nombre muy suave, en un susurro, y su amigo se vuelve a mirarle ladeando su pequeña cabeza y bajando las patas un poco.
--Bobma, tú ya tocas las nubes.
La musaraña ladea la cabeza hacia el otro lado y mira fijamente al caracol sin decir nada. De pronto sus ojos brillan con un destello rápido y fugaz, se frota la nariz con las patas delanteras, corre hacia el muro y trepa hasta el refugio de Robert.
--¡Ala, tío, qué grande es esto por dentro!
--Bobma, sal de ahí, tío, ¿qué haces? ¡Bobma, no metas hierba ahí dentro! ¡No, no, no, deja eso, tío, déjalo! ¡Bobma, que no me escuchas! ¡Estate quieto, tío! ¿Dónde se ha visto que una musaraña viva en un muro, eh, dónde?
Bobma se detiene después de haber dejado un nuevo cargamento de hierba en el refugio y asoma su nariz puntiaguda desde la entrada mirando hacia abajo mientras su amigo sube lentamente con la casa de un azul tormenta bastante amenazador. La musaraña mueve su naricilla inquieta y un destello cruza sus diminutos ojos mientras ladea la cabeza.
--Tú casa es azul, tío, ¡y cambia de color! ¿Y el raro soy yo? Si es que... no te enteras Robert, no te enteras.
El caracol se queda tan perplejo que no sabe qué decir y mira callado cómo Bobma sigue con sus viajes arriba y abajo del muro, mientras él camina lenta y resignadamente hacia su antaño solitario refugio.
--Es enooorme, tío, ¡mola! Eh, eh, Robert, ¿aquí no me cogerán los gatos, eh, a que no me cogerán?
Robert se queda quieto y estira los cuernos para mirar bien a Bobma. Su nariz puntiaguda asoma desde la entrada del refugio y Robert juraría que esos ojos suyos casi ciegos brillan más que nunca. Este Bobma, nunca tiene claro si...
--¿Y Nita, Robert?
--¿Nita? ¿Qué pasa con Nita?
--¿No me lo vas a contar?
--¿El qué, Bobma?
--Cómo era, Robert, cómo era. Si es que no te enteras, tío...
3 comentarios:
Precioso. Melancolico. Tierno. Dulce. Me encantó.
Suscribo al anónimo...y esa musiquita que suena a la entrada.
Besos!!
vengo a dejarte un abrazo, ando superocupada pero no me olvido de pasar..
Y un beso tambien amiga.
Ojala estes bien.
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