
A veces el tiempo se detiene, aunque tú no lo quieras. Te levantas exactamente igual que cualquier otro día, antes que salga el sol, con sueño entre los párpados y los pies asustados de reencontrarse con el frío de una nueva mañana. Como todos los días te levantas, te arreglas, desayunas y ves como la luz intenta desbancar a las farolas, que aún no han empezado a retirar su vigilia de las aceras. Como todos los días, sí, pero el tiempo se para en algún punto indefinido más allá del café y algo más acá de las llaves del coche que aún no has encontrado. Se te cansan los brazos siempre a medio camino del último lugar en que puedes buscarlas, y los ojos se vuelven hacia esa ventana en la que el sol convive sólo a medias con la luna en la calle en la que, todavía, rige la tiranía de la luz artificial. El abrigo te espera, cansino y desmadejado, sobre la escuálida figura del perchero, como un tú secuestrado por el mundo exterior y con síndrome de estocolmo. Pero tú no te mueves, quieta en medio de ese gélido instante que ha robado el tic-tac a las manecillas del reloj. Ya no importan, si es que alguna vez lo hicieron, las llaves o el abrigo o la calle desierta o la luna impasible en ese cielo gris que no amanece. Y no importa, tampoco, la taza de café medio vacía que aún humea rescoldos de otros amaneceres. Tus ojos se han perdido más allá del hechizo artificial de las farolas, más allá, incluso, del gris amanacer que no termina, o de los edificios, también grises, que se te van borrando en la mirada como si no pudieran existir sin el sólido tic-tac de los minutos. Se ha detenido el tiempo, pero tú no lo sabes. La calle está desierta, el sol sigue dormido un poco más acá del horizonte, y el café, aún caliente, sueña con los domingos y con los desayunos en la cama. Las llaves escondidas en el fondo del bolso duermen en el olvido y el abrigo que no sabe moverse sin tu aliento se desmadeja un poquito más, ausente y resignado. Tú te has quedado quieta, y no lo sabes, a mitad de camino entre un ayer que pesa en las espaldas y un mañana que se te duerme en este amanecer. Se han perdido tus ojos más allá de la casa que aún sueñas convertir en hogar algún día, de la ropa que sientes que esconde y enmascara algo que aún está por descubrir, de la vida que espera, aunque tú no lo sepas, que le devuelvas el tic-tac al reloj para seguir latiendo. Pero tus ojos lejos, muy lejos de este instante detenido, acarician estáticos un horizonte que ni siquiera existe, y mientras tú te pierdes más allá de los latidos de tu corazón, la luna, las farolas, la calle y el abrigo que aún anhela tus brazos sueñan con que tú encuentras el camino de vuelta para seguir viviendo.
2 comentarios:
Dejo un otoñal abrazo.
MentesSueltas
Y así será, lo encontrarás. Otro día, en que ocurra exactamente lo contrario. En que el tiempo corra, suceda, determine nuevas situaciones y nuevas cosas...
Precioso tu texto
Un beso fuerte
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