Me gusta dar clase: una vez superado el miedo escénico de los primeros tiempos y el temor a meter la pata, descubrí el placer de preparar las clases, impartirlas y compartir con los alumnos el amor por la literatura. No todos los cursos, claro está, son iguales, ni todas las asignaturas son igual de agradecidas, pero siempre te quedan las cosas nuevas que has aprendido al preparar las clases y lo que te enseñan los alumnos porque, siempre lo digo, lo mejor de dar clase es el diálogo, lo que ellos te cuentan y tú no sabías, lo que ellos ven y a ti se te pasó porque estabas centrada en otra línea, en otros temas.
Enseñar es un placer por todo lo que aprendes, porque te obliga a renovarte, porque te obliga a devolver al mundo parte de ese conocimiento que has ido generando y acumulando a través de la investigación. Pero si además el curso es sobre poesía, enseñar ya no es sólo un placer: es un privilegio, al menos para mí. Todo se tiñe de una ilusión distinta, de un ritmo diferente, de una música que va marcando el ritmo de los pasos y del corazón. Centrar la idea, como si compusieras un cuento o un poema, es todo un arte; buscar los textos para comentar, una delicia: ¿cuál llevo, cuál dejo, cuáles necesito? Y la casa se va llenando de versos recitados, de emoción, de poesía. Y al final --o antes o durante, nunca lo sabes bien-- aparece el poema que abrirá la clase, porque lo mejor para hablar de poesía es empezar con ella, recitando unos versos, dejando que la música y la magia lo envuelvan todo desde el principio. Después sólo queda dejarse llevar: leer, recitar, analizar los textos, buscar el hilo de Ariadna del poema, ver sus ojos brillando y sus sonrisas cómplices, bromear, reír, disfrutar del momento, vivir la poesía...
Me lo decían los profesores durante la carrera, me lo han dicho muchos alumnos en los últimos años, con una sonrisa amplia y generosa: Se nota que te gusta, que lo vives, y no todo el mundo sabe transmitir esa pasión. Gracias. No, gracias a vosotros que me escucháis atentos, que perdonáis mis despistes y esa forma tan mía de irme por las ramas, de dejarme llevar por la pasión y olvidar, a veces, el camino marcado. Hablemos de lo que hablemos (siempre lo digo) hablamos de nosotros mismos, y sé que cuando selecciono los poemas, cuando los recito, cuando trato de explicar cómo crean su música y su magia, habló también de mí, del ritmo de mis pasos, del camino que me marca el corazón, del placer de aprender un poco cada día, de la luz, el tacto y el color que tienen las palabras para mí desde niña. Hablar de poesía no es trabajo, por eso lo hago así, de la única forma que sé, como vivo los versos, como vivo la vida aunque intente ocultarlo: apasionadamente.
Me lo decían los profesores durante la carrera, me lo han dicho muchos alumnos en los últimos años, con una sonrisa amplia y generosa: Se nota que te gusta, que lo vives, y no todo el mundo sabe transmitir esa pasión. Gracias. No, gracias a vosotros que me escucháis atentos, que perdonáis mis despistes y esa forma tan mía de irme por las ramas, de dejarme llevar por la pasión y olvidar, a veces, el camino marcado. Hablemos de lo que hablemos (siempre lo digo) hablamos de nosotros mismos, y sé que cuando selecciono los poemas, cuando los recito, cuando trato de explicar cómo crean su música y su magia, habló también de mí, del ritmo de mis pasos, del camino que me marca el corazón, del placer de aprender un poco cada día, de la luz, el tacto y el color que tienen las palabras para mí desde niña. Hablar de poesía no es trabajo, por eso lo hago así, de la única forma que sé, como vivo los versos, como vivo la vida aunque intente ocultarlo: apasionadamente.
1 comentarios:
Dar clase es genial. Cuando te escuchan a ti, te regalan su atención... es imposible no disfrutarlo.
muach!
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