sábado, 24 de noviembre de 2007

Lucky


Con sus ojos verdes y un maullido suave y lastimero que parece querer desmentir que fue el gato más grande de su camada, me observa desde lejos y reclama mi atención. Él no viene, como Willy, a buscar su ración de mimos y acaparar mis manos, sino que tengo que ser yo quien acuda a su llamada para cepillarle, después de seguirle por el apartamento hasta que vuelve al punto de partida, ronroneando de felicidad, y se tumba en la alfombra; o para darle de beber de la bañera, con el grifo abierto lo justo para que escape un hilo de agua y con la tranquilidad de saber que cuando termine me llamará de nuevo para que lo cierre.





Especialista en abrir armarios y cajones (los pomos y las asas no tienen secretos para él), siente predilección por la nevera, que abre en cuanto me descuido sólo para asomarse o para meterse dentro en los días más calurosos del verano.



Inquieto, curioso, inteligente (demasiado quizás), se ha ido haciendo con la casa poco a poco y ha desarrollado un sinfín de estrategias para conseguir siempre lo que quiere: maulla, protesta, me tira el móvil o me da con su patita ancha y anaranjada en el brazo para que le haga caso. Mucho más cariñoso de lo que le gusta demostrar, su independencia, que le hace reacio a ser cogido en brazos, termina con su cuerpo felino acurrucado junto a mí, un ronroneo casi imperceptible, y su patitas ligeramente apoyadas en mi pierna salvando todas las distancias.