
Hay algunos que llegan de repente, sin buscarlos, sin que puedas siquiera adivinar cuan hondo calarán en tu memoria, en tu conciencia, en tu vida. A veces, con el tiempo, olvidas incluso de qué manera exacta llegó hasta ti el libro, la revista o los papeles en que lo viste escrito por primera vez. Poco importa ya eso: sentiste como tuyas desde el primer momento todas las emociones, los versos, las palabras del poema, y una parte de ti fue suya para siempre, aunque creas ser tú quien rememora en ciertos días, o en ciertas noches, esas viejas palabras.
Otros, sin embargo, no logran decir nada en el primer encuentro. Tal vez la juventud, la inexperiencia, o un estado de ánimo dispar al de los versos provocan ese desencuentro, y las palabras pasan junto a ti sin dejar huella. A veces pasan años antes de que despierte el eco de su voz en tus entrañas, y te cruzas con él en más de una ocasión devolviéndole siempre una mirada un tanto indeferente, igual que mirarías a un desconocido con el que coincidieras, inexplicablemente, cada cierto tiempo en el mismo vagón de tren, y al que un día, de pronto, escucharas hablar por vez primera de tu propio dolor, de tus anhelos, de las sombras que escondes en tu alma. Los mirarás entonces, al fin, con otros ojos, y sabrás que otra parte de ti vivirá para siempre en esos versos.
Compañeros de viaje que componen esa Banda Sonora Original de tu tiempo interior, que le ponen palabras al silencio que a veces nos habita, que nos reflejan con más nitidez que la turbia imagen del espejo, y que se van llenando, con el paso del tiempo, de todas las historias y todos los momentos que vivimos en ellos, que sentimos con ellos, y que, a veces, compartimos con otros y nos unen.
Amistad a lo largo
Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.
Mirad
somos nosotros.
Un destino condujo diestramente
las horas, y brotó la compañía.
Llegaban noches. Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más:
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña.
Ahora sí. Pueden alzarse
las gentiles palabras
—esas que ya no dicen cosas—,
flotar ligeramente sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo, sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa, el campo, la distancia.
Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo todos trajimos
nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos con los otros
en el rincón hablamos, tantos meses!
que nos sabemos bien, y en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el dolor es tierno.
Ay el tiempo! Ya todo se comprende.
Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo
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