miércoles, 12 de diciembre de 2007

Ejercicios de taller


Hace muchos, muchos años (una, dos... o tres vidas, más o menos) yo estudiaba derecho y escribía poemas. Por esas raras vueltas que a veces da la vida, durante un breve tiempo fui a algunas clases en la que acabaría siendo mi facultad, mi refugio, casi mi segundo hogar: el campus del Milán. En las escasas semanas que fui a aquellas clases, y también por esas casualidades de la vida, descubrí que existía un "Taller de letras". Ajena totalmente a la dinámica de la vida social literaria, ignoraba qué podría ser aquello, como ignoraba que existieran tertulias literarias o su finalidad (esto último casi sigo ignorándolo hoy en día...) Me decidí a ir, sola y a la aventura (como siempre), y durante algo más de tres años pasó a formar parte de mis rutinas.

Han pasado dos, tres... o cuatro vidas desde entonces. Los recuerdos se van desdibujando, aunque algunos momentos, charlas, e incluso algunos versos, permanecen. Lo que más me gustaba del taller, lo que realmente me hacía volver todos los viernes durante el primer año --a parte de olvidar por unas horas cuánto odiaba las clases de derecho-- eran los ejercicios. No recuerdo exactamente qué teníamos que escribir aquel 15 de marzo de 1996: tal vez algo inspirado en el tópico del carpe diem o en el del tempus fugit. Sólo sé que en aquellos 40 minutos que teníamos para hacer el ejercicio, tras dos intentos fallidos y dos poemillas casi idénticos (y fallidos también), escribí uno de mis sonetos favoritos.

Nunca he sabido bien de dónde vienen las palabras, que espacio o que distancia tienen que recorrer para llegar a mí. Ni he sabido tampoco --y sigo sin saberlo todavía-- de dónde vienen las ideas, los cuestos, las historias, ni cómo una parte de mí queda ligada a ellas, para siempre. Pero en los viejos versos, en las viejas palabras que aquella que fui yo soñó ese día, sigue latiendo aún algo de vida. Al menos para mí. Igual que siguen vivas, más nítidas que todos los recuerdos del taller, las imágenes que iba persiguiendo mientras las escribía, y regresan --¡quién me lo iba a decir!-- al releerlas.


Gocé de un tiempo que creía mío,
traté de disfrutarlo cada instante,
de atrapar para siempre el sol brillante,
y la calma y la paz del bosque umbrío.


El rumor de las olas y los ríos
hoy, como todo aquello, está distante,
pero resuena en mi alma, aún, constante
en las noches de invierno seco y frío.


Sé que no volverán aquellos días,
que ese tiempo se fue, que lo he perdido,
que aquella juventud nunca fue mía.


Y tengo la impresión de que escondido
en el sol, en el bosque o en las rías,
se quedó algún instante no vivido.

(Oviedo, 15-03-1996)