viernes, 7 de diciembre de 2007

Leer, analizar... ¿comprender el poema? II: Palabra viva


"Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas." (Dámaso Alonso, 1950)

Qué gran verdad encierran las palabras del maestro: las obras literarias nacieron para ser leídas. Puertas hacia otros mundos y otras vidas, sólo piden la complicidad del lector para llevarle a los lugares que otros soñaron antes que él. Quien no se ha perdido en las páginas de un libro, quien no ha vivido ese momento mágico en que las palabras impresas se difuminan y cobran vida las imágenes, se hacen casi tangibles sus personajes, sus paisajes, sus historias, no sabe realmente en qué consiste el placer de la lectura.

En el caso del poema, los versos le piden algo más al lector que su complicidad: necesitan su voz para que surta efecto el hechizo y puedan liberar toda su magia de la cárcel de tinta y de papel en que la han encerrado. Vinculada en su origen a la música, la poesía sigue necesitando, hoy como ayer, la voz para volver a ser palabra viva, para resurgir igual que un ave Fénix de las cenizas del tiempo y traernos el ímpetu o el eco del sentimiento que dio vida a sus versos. En todo buen poema late aún, sepultado tal vez por los años, quizás adormecido por un largo silencio, pero vivo para quien sepa reconocer sus signos, el corazón tímido, apasionado, cínico, dolorido, burlón... ¿quién sabe? del poeta. Pero, ¿cómo encontrar el camino hasta él? ¿Cómo orientarse en ese laberinto de palabras que a muchos les resultan ajenas, si la intuición no puede acompañarte? A leer poesía, lector, también se aprende...

"Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
—con cuatrocientos cuerpos diferentes—
haber el hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen."
Jaime Gil de Biedma, "Pandémica y celeste"

Para saber de amor, de poesía, para aprender su música, hay que haberse perdido muchas veces en los signos extraños del verso, en sus pausas, sus rimas, sus ecos, sus silencios. Leer siempre en voz alta cada nuevo poema cuyos misterios quieres desvelar, recorrer sus palabras con la mirada atenta y deslumbrada de la primera cita, acariciar las sílabas con la voz algo incierta de quien recorre un cuerpo por primera vez y no conoce aún el contorno preciso de sus líneas, es necesario. Y releerlo una y otra vez, dejando que la mano invisible del poeta te guíe por sus versos, hasta que al fin conozcas cada pausa precisa, y escuches el eco de su voz en tu voz, y el poema sea, ya para siempre, un poco tuyo...

Palabra viva, antes que nada: eso es el poema. Si le prestas tu voz se hará el milagro y vendrá de puntillas, sin que apenas la oigas, la mágica intuición que revela en silencio, sin palabras, el verdadero sentido del poema. Sólo entonces, si aún quieres ahondarte más en él, perderte en sus entrañas y hacerte un poco música, y verso, y poesía, puedes dar otro paso y saltar, ya sin miedo, hacia el abismo del análisis. Pero que no te engañen: cuanto más profundices, cuanto más ahondes en el extraño mundo del verso, más querrás saber, y menos palabras necesitarás para entenderlo. Contarlo, sin embargo, es otra historia...