No sabría decir cuándo empecé a leer poesía. El primer poema que recuerdo haber hecho mío, haberlo recitado una, y otra, y otra vez en voz alta, hasta aprendérmelo de memoria, fue "Muerte de Antoñito el Camborio" de Federico García Lorca. Tenía siete años y no sé de dónde saqué el libro, cómo llegó hasta mí, pero sí que recuerdo la música, el sabor, incluso las imágenes y los colores que renacían de sus cenizas cada vez que recorría aquellas palabras. También recuerdo la cara incrédula de mis padres, mirándome desde la puerta de mi cuarto, sin poder entender de dónde surgía aquella lectura apasionada, ni cómo podía comprender, sin que nadie me lo hubiera explicado, el poema con sólo siete años...
Distinguía Dámaso Alonso en Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos (1950) tres tipos de conocimiento del poema: el del lector, en el que la intuición y la experiencia estética se viven plenamente sin necesidad de ser verbalizadas; el del crítico, capaz de plasmar artísticamente esa experiencia pero centrándose también en la intuición; y la del científico, que trata de comprender cómo funciona el poema, cómo logra transmitirnos esa experiencia estética. De todos ellos, el único conocimiento realmente imprescindible, como él mismo reconocía, es el del lector:
"No olvidemos una verdad de Pero Grullo: que las obras literarias no han sido escritas para comentaristas o críticos (aunque a veces críticos y comentaristas se crean otra cosa). Las obras literarias han sido escritas para un ser tierno, inocentísimo y profundamente interesante: «el lector». Las obras literarias no nacieron para ser estudiadas y analizadas, sino para ser leídas y directamente intuidas."
Pero, ¿qué pasa cuando el lector no logra alcanzar tras la lectura esa intuición que le revele el sentido del poema? ¿Falló el poeta al escribirlo? ¿Fallan los versos, incapaces de pronto de resurgir como el ave Fénix de las cenizas del tiempo y la palabra escrita? ¿O falla el lector, incapaz de intuir ese sentido, incapaz de orientarse en un lenguaje que le resulta extraño, ajeno, tal vez impenetrable? ¿Podría el científico, tal vez, lector apasionado antes que nada, encontrar la respuesta a este dilema, la brújula que oriente al lector dentro del verso, que le ayude a alcanzar esa intuición primera, imprescindible, única en cada caso, intransferible? ¿Puede el análisis del poema revelar su sentido, sin fijarlo, reducirlo, o mutilarlo? Quizás, si en lugar de intentar traducir los versos al pobre y parco lenguaje cotidiano, enseñara al lector a entender sin palabras el hondo y misterioso lenguaje del poema...
Han pasado muchos años desde que aquella niña recitara casi hechizada, en la soledad de su mundo y de su cuarto, los versos de Lorca, y sin embargo la primera impresión, las imágenes que entonces me atraían, regresan nítidas y exactas, cada vez que me reencuentro con el viejo amigo. Como ya dijo Dámaso, es el conocimiento del lector el único que importa, el que pervive en su memoria a pesar de los años y todo lo aprendido:
"El muchacho, casi un niño —aspirante a matemático—, que por las avenidas del Retiro sacó de su bolsillo Le cento migliori liriche della lengua italiana, y por primera vez se puso en contacto con el soneto inmortal, leía con alguna dificultad el italiano y no tenía la menor idea de análisis estilísticos. Seguramente que no pudo discriminar mucho entre sus intuiciones parciales al pasar por cada uno de los versos. Intuyó una imagen simplísima. En el alma está aún: no ha cambiado. El hombre, casi un viejo, cansado y desilusionado, tiene aún en las entrañas del alma esta cámara intacta, de candor, de ilusión eterna. La misma que se abrió aquel día en el alma del niño."
Todo lector de poesía sabe que los poemas, sobre todo aquellos que hacemos nuestros, son antes que nada “compañeros de viaje” cuyos versos recorremos una y otra vez con la misma emoción del primer día, aunque hallemos en cada reencuentro —porque nuestra experiencia se suma y dialoga con las viejas palabras— nuevos ecos y notas en la voz del viejo amigo. Pero para aquellos que sentimos inquietud y curiosidad por la vida interior de esas palabras, el poema puede ser también un laberinto en el que adentrarse en busca de respuestas. Cada cual deberá encontrar en su búsqueda el hilo de Ariadna que le guíe: en mi caso es el ritmo —que late en las palabras, en sus acentos, en sus sonidos, en sus combinaciones— lo que orienta mis pasos. Guiada por él recorro silenciosa y atenta los caminos del verso, tratando de encontrar las huellas que ha ido dejando el Minotauro, no para combatirlo o enfrentarme a él, es decir, para fijar la ruta definitiva, o el sentido, o agotar el misterio dejando el laberinto deshabitado y hueco, sino para hacerme cómplice de quien las ha dejado, aguzar el oído e intentar escuchar, entre todos los ecos del poema, el que cuenta su historia.
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