miércoles, 19 de diciembre de 2007

Ya tienes una edad...


Luego me miras con los ojos abiertos, expectantes, como si yo supiera exactamente que equipaje acarrean esas cuatro palabras: Ya tienes una edad... ¿Qué significa esa mirada seria, ese tono severo de espera o de reproche? Nunca me queda claro si constatas un hecho irrefutable (gracias a Dios sigo cumpliendo años) o pretendes que yo complete así, sin más ni más, los puntos suspensivos que dejas al final de la mirada casi acusatoria.

Ya tienes una edad... ¿Y eso qué significa? ¿He entrado en algún club, me han hecho miembro de algún selecto grupo, y yo sin enterarme? ¿O me darán (¡¡¡por fin!!!), llegados a este punto del camino, un manual de instrucciones de esa cosa tan rara que es vivir, o un mapa que me enseñe los atajos a los caminos rectos, o un reloj que me marque los pasos precisos para poder cumplir todos los plazos? Me van a dar, tal vez, un libro con todas las respuestas que buscaba, con todas las preguntas que aún no he aprendido a formular.

Ya tienes una edad... Y tus ojos me miran serios, casi expectantes, como si esa frase, esas cuatro palabras, significaran algo o mucho más de lo que a mí me dicen. ¿Qué resorte deseas activar, qué esperas que suceda, que abra por fin los ojos y comprenda que esta vida es finita, que el tiempo que se va nunca regresa? Qué le vas a contar a quien no tiene hogar al que volver y guarda siempre un adiós en la manga, por si acaso.

Si supieras cuántas pieles de piedra dejé por el camino, a cuántas vidas tuve que renunciar para ser la que soy, tal vez comprenderías que el tiempo que realmente me importa no lo marca el reloj, ni lo miden los años y los días que han pasado, que quedan por pasar. Cada instante es eterno, aunque termine. Cada momento, intenso, doloroso, banal, insoportable, es imprescindible si quieres escuchar la melodía completa de mi vida. Las risas y las lágrimas, los pasos del camino, ese millón de errores que de haberlo sabido... La nostalgia por la que ya no soy, por la que no seré jamás aunque me esfuerce. Las prisas, los agobios, la angustia de no llegar a tiempo al mundo adulto, grande, ajeno, extraño, incomprensible. La ternura del pequeño refugio fugaz y nómada que siempre va conmigo; o de mis niños buscando mi regazo, mis manos, mi cariño; o de tu calma y tu paz cuando duermes conmigo...

¿Qué importa lo que venga, o cuánto tiempo quede, o cuántas cosas haga? ¿Y qué si nunca logro aprenderme las reglas del juego, encontrar la etiqueta que pueda definirme y ayudarme encajar en ese mundo en el que tú te pierdes cada día? ¿Qué más da si lo único que quiero, que me importa, es sentir como siento, y vivir como vivo, y ahondarme un poco más cada minuto en ese tiempo que aún no has conseguido comprender, que no logras tocar, pero que existe?

Ya tienes una edad... Pero no importa, no me ha importado nunca, y en el fondo lo sabes, ¿no es verdad? Lo has sabido siempre, aunque a veces lo olvides: mis alas están hechas de palabras, y el tiempo que las toca no habitará jamás un calendario...