Yo debí de nacer en un mundo con dragones y un poco (o un mucho) de la magia que siempre se me cuela en los cuentos que escribo y en los versos que me asaltan de improviso cuando menos lo espero. Crecí inventando historias que llenaban mis horas infantiles, imaginando mundos y personajes que crecían y cambiaban ante mis ojos mientras iba de camino al colegio o aguardaba a que llegara el sueño por la noche. Tan cotidianas han sido para mí siempre esas historias que nunca me paré a pensar que podrían interesar a otros, y que si las escribía podría trasmitir algo de la magia que hay en ellas, que creció conmigo y alegró mi infancia, a quienes las leyeran.
Lo mismo me pasó (me pasa casi siempre todavía) con las otras historias que fueron llegando hasta mí por otra vía: la de la investigación. Aunque el trabajo en sí es algo apasionante, aunque lo que descubro cada día me llena de ilusión y me hacer ver las cosas de un modo diferente, cuando llega el momento de contarlas me pregunto hasta qué punto le interesará eso a la gente. ¿Realmente a alguien le importa cómo cambia la forma de escribir los poemas en la inmediata posguerra española? La métrica, que tanto me apasiona cuando la veo vivir, cambiar y transformarse a lo largo de los años y de cientos de poemas, las estrofas que todos utilizan aunque no se den cuenta, la rima que cambia casi al mismo tiempo y en la misma dirección, la historia que nos cuenta poema tras poema a lo largo de más de una década ¿le interesa a alguien más? O la forma sutil en que cambia el lenguaje, o los temas que se repiten una y otra vez, iguales y distintos, sin que casi nadie parezca darse cuenta ¿no serán como aquellos dragones que soñaba de niña, como aquellas historias que crecían conmigo y que nunca conté porque no creí que nadie más quisiera escucharlas?
Porque en el fondo sigo soñando, inventando e investigando para mí, para seguir volando con la imaginación y encontrar las respuestas a las preguntas que hace tiempo que forman parte de mi vida, por mucho que lo intento me vuelvo inconstante a la hora de escribir. Y no es falta de ganas, ni de historias pendientes, ni de artículos o temas que tratar: es tan sólo esa vieja costumbre, arraigada en la infancia, de perderme en mi mundo y olvidar que para compartir lo que yo sueño, para mostrar a otros el mundo con mis ojos o explicar todo lo que he aprendido estos años mientras investigaba, lo tengo que escribir. Propósito de enmienda no me falta, pero los viejos hábitos no se cambia nunca del todo, qué le vamos hacer, así que si ves que me despistó y me vuelvo a quedar en silencio sácame de mi sueño, dame un toque, recuérdame que las historias no se escriben solas y dime qué quieres que te cuente.